En la morgue de la ciudad-escudo que resiste ante las tropas de Putin

Andrei llega a pie y se abre paso entre el trasiego de furgonetas blancas, que cargan y descargan bolsas negras llenas, abultadas. El Instituto Forense de Mikolaiv está saturado. Su morgue está abarrotada. Los cuerpos de decenas de personas —la inmensa mayoría soldados ucranios, con uniformes ensangrentados y cuerpos muy jóvenes— yacen unos encima de otros en dos habitaciones del patio trasero, donde un olor dulzón lo impregna todo. Allí hay más bolsas negras. Algunas no tan abultadas contienen los restos carbonizados de alguien que hace poco respiraba, caminaba, bebía, reía, hablaba y fue alcanzado por una explosión. Andrei pregunta a los soldados que, fusil al hombro, revisan el proceso de carga y descarga. Al oficial al mando de la morgue. Al empleado que ayuda a cerrar las bolsas y cargar los cuerpos, siempre con un pitillo encendido en los labios. Busca a su amigo Dmitri, Dima. No está entre los identificados. Ni en el único ataúd del patio. Andrei abre una de las bolsas negras. Tampoco. Volverá por la tarde. O mañana. Con el trasiego de las furgonetas blancas y de algún coche fúnebre.

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